Capellanes en la Guerra del Pacífico

06.05.2014 12:26

 

 
En el caso de Chile, cuando se inició el conflicto con Perú y Bolivia en 1879, de inmediato El Mercurio hizo un llamado público al gobierno sobre la urgente necesidad de enviar capellanes junto con el Ejército que expedicionó al Norte. “...Es una pregunta que todos los católicos, es decir, todos los chilenos, se hacen a estas horas y que nadie se explica: 
¿Porqué el gobierno no piensa hasta la fecha en pedir uno o varios capellanes 
para el Ejército Expedicionario?”.
El Obispo Auxiliar y Vicario Capitular de Santiago, Monseñor Joaquín Larraín Gandarillas, propuso nombres y por medio de un decreto del Arzobispo de la Arquidiócesis, Monseñor Rafael Valentín Valdivieso (quien también tenía las facultades de Vicario castrense para Chile)  se nombró a los ocho primeros capellanes que viajaron al Norte. 
Enseguida se vio la necesidad de establecer la limitación de la jurisdicción que tendrían los capellanes, conforme a los estatutos vigentes, y en los términos que le concedía el Vicario Eclesiástico.
Otro tema que preocupó a las autoridades eclesiásticas fue si se designaría un capellán por cada cuerpo de Ejército, o bastarían momentáneamente los ocho capellanes nombrados. Se decidió, finalmente que no habría capellanes de ningún regimiento o batallón, sino capellanes del Ejército, que prestarían sus servicios bajo ladirección del que se nombrara superior de los demás y conforme a las órdenes que impartiera el General en Jefe. De esta manera habría unidad en los trabajos de los capellanes militares y se consultarían mejor sus necesidades, según las circunstancias. 
Así fue como se propuso al presbítero don Florencio Fontecilla, como Capellán Mayor para que dirigiera los  trabajos de sus compañeros bajo las órdenes del General en Jefe.
El hecho de que hubiesen tan pocos capellanes fue una de las razones de que las embarcaciones chilenas no pudiesen contar cada una con un sacerdote; sólo en algunos barcos, y nunca en forma permanente, hubo un capellán para atender las necesidades espirituales de los embarcados. A continuación haremos una breve biografía de esos capellanes que sirvieron en la Armada y su participación en ella. 
A raíz del comienzo de los enfrentamientos bélicos, en la prensa de esos días, aparecieron artículos solicitando capellanes para la Armada:  
“No sabemos porque no han nombrado capellanes para nuestra escuadra; y el hecho nos parece tanto más extraño, cuanto que varios sacerdotes se han ofrecido para servir el puesto gratuitamente. Los capellanes de la escuadra habrían sido muy útiles sobre todo en el Combate Naval de Iquique donde habrán muerto heroicamente muchos de nuestros patriotas, careciendo por completo de los infalibles auxilios de nuestra santa religión”.
 

BIOGRAFÍA DE LOS CAPELLANES DE LA ESCUADRA

De los 47 capellanes que sirvieron en las Fuerzas Armadas chilenas y viajaron al Norte, la mayoría eran sacerdotes diocesanos; el resto fueron franciscanos, jesuitas, Orden de María, dominicos y otros. 
De éstos fueron capellanes de la Armada sólo los capellanes Enrique Christie, Carlos Cruzat y Camilo Ortúzar, destinados al Blanco Encalada, O'Higgins y Cochrane, respectivamente y los presbíteros Briceño y Flores en la Chacabuco y Loa, aunque estos dos últimos permanecieron por muy escaso tiempo en estas embarcaciones.
Christie Gutiérrez, Enrique 
Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago, ordenado en julio de 1876 en Valparaíso. Sus padres fueron David y Carmen, quienes contrajeron matrimonio por el rito anglicano. Fue capellán de la Verónica en Santiago, Secretario Contador de la Casade Refugio. Murió en Lima el 13 de septiembre de 1882.
El 29 de mayo de 1879 recibió el nombramiento de capellán del  Blanco Encalada.  Le  correspondió participar en el combate de Angamos dando “elocuentes pruebas de serenidad, valor y patriotismo”  y ayudar a rescatar a los heridos del Huáscar.  También estuvo en las batallas de Tacna, Chorrillos y Miraflores.El hecho de que fuera capellán del Blanco no implicaba que no atendiera a las tripulaciones de los otros navíos ya que según los testimonios de la época, estaba siempre pronto “para prestar sus servicios en las otras naves en que puedan ser necesarios”.  
Fue ascendido a Capellán Mayor del Ejército, en reemplazo de Javier Valdés, el 13 de  marzo de 1882.  Desgraciadamente la muerte lo sorprendió cuando desempeñaba ese cargo, víctima de un tifus, “contraído en la asistencia de nuestros soldados acometidos en esa horrorosa enfermedad durante la campaña del interior. El sacrificio al deber y patriotismo, sin que fueran bastante a salvarle su vigorosa salud, que tanto le ayudó durante la guerra en la que ejerció infatigable su sagrado ministerio, ya sea exhortando al soldado, ya consolando al moribundo y atendiendo al herido, ni los esfuerzos profesionales de los doctores”.
Cruzat Hurtado, Carlos 
Nació en Talca en 1851, hijo de Pedro y Carmen; se ordenó sacerdote el 19 de diciembre de 1874. Perteneció a la Arquidiócesis de Santiago. Profesor en el Seminario de Santiago. En 1877 pasó a ser Vicario Cooperador de la parroquia de los Doce Apóstoles de Valparaíso. En 1879 fue nombrado capellán de la escuadra y en 1881regresó a Valparaíso y sirvió en la parroquia del Espíritu Santo. Desde 1882 a 1887, fue Vicerrector del Seminario San Rafael de Valparaíso y desde este último año, párroco de la Estampa de Santiago hasta 1900. Murió el 21 de abril de 1903.
El 23 de septiembre de 1879 fue nombrado como capellán de la corbeta O'Higgins.  En seguida se dirigió a Antofagasta, donde en compañía de los padres Florencio Fontecilla y Ruperto Marchant Pereira, se dedicó a predicar y confesar a los soldados en las diversas novenas que se rezaban en la Iglesia Parroquial. El 2 de Noviembre se encontraba frente a Pisagua,   donde según sus propias palabras: “…no pasó mucho tiempo sin que la guerra nos manifestara sus horrores, botes que conducían soldados ebrios de amor patrio, regresaban tripulados por cadáveres y heridos que caían al abordar la playa”.  Después colaboró en las jornadas de Pisagua, Dolores y Tarapacá, auxiliando heridos en el campo de batalla y en los hospitales.  
Luego volvió a ocupar su puesto en la corbeta, donde también se dedicó a enseñar “lecciones de Filosofía a los oficiales, visitaba y consolaba a los enfermos que existían en el hospital del navío”.   El capellán del Cochrane y el capellán del Blanco le hicieron llegar una partida de libros que sirvieron para formar la biblioteca de la O'Higgins.
Ortúzar Montt, Camilo
Nació en Santiago el 15 de Julio de 1848, fueron sus padres Ángel y Carolina. 
Hizo sus estudios en el Seminario de Santiago y se ordenó de sacerdote en 1872. Sirvió como inspector en el Seminario de Valparaíso en 1873 y 1874. Viajó fuera de Chile en 1875 y 1876, y al año siguiente fue Vicerrector del mismo Seminario porteño. Desde 1879 en adelante fue capellán de la Armada. En 1887 renunció a su cargo, y emprendió viaje a Europa. En Turín, Don Bosco le ofreció ingresar en su congregación. El padre Ortúzar aceptó y profesó como salesiano. Pero su salud estaba ya minada por una afección pulmonar, y el 8 de Enero de 1895 falleció en Niza. 
Su nombramiento como capellán de la Armada se decretó el 3 de junio de 1879. Le tocó participar en el asalto de Pisagua  y en el combate de Tarapacá cuidandoheridos y ayudando a trasladarlos al hospital de Pisagua.  Le preocupaba la instrucción de los marinos en las naves proporcionándoles libros   y en Iquique gracias a “...los afanes de Camilo Ortúzar había hecho surgir de la nada una iglesita, que regentaba con las dotes que le eran características”.
Durante el enfrentamiento frente a las costas de Arica, entre la Unión y el Manco Capac, por un lado, y el Cochrane por otra parte, Vicuña Mackenna destacó que, “...mostróse en este lance digno de señalado aplauso, el porte evangélico a la vez que varonil y patriótico del joven capellán del Cochrane don Camilo Ortúzar, sacerdote de virtud y de caudal, cuando vio alistarse al acorazado en que estaba su puesto de deber más no de batalla, y sin vacilar se transbordó a su puente para servir como simple combatiente en nombre de Dios, de la patria y de Chile”.
Su actuación como capellán dejó recuerdos también en Juan José Latorre quien afirmó: “...no puedo pensar en los acontecimientos de aquellos días memorables sin recordar al joven sacerdote que, con su trato afable y modesto, y una conducta verdaderamente ejemplar, supo grangearse la buena voluntad y el respeto de cuantos lo conocían, y cuya inalterable bondad y consagración al cumplimiento de sus deberes, su serenidad en el momento de mayor peligro y su inagotable bondad para con los enfermos y heridos, causaban la admiración de todos”.
El 6 de abril de 1882 se nombró a Camilo Ortúzar párroco y vicario de las parroquias del litoral peruano de Tarapacá, ocupado por el ejército chileno.  
Briceño Tocornal, Servando
Nació el 9 de Julio 1848, hijo de Manuel Antonio Briceño Varas y de Rosa Tocornal Velasco. Cursó Humanidades en el colegio San Ignacio y se ordenó de sacerdote el 23 de septiembre de 1871. Recién ordenado fue nombrado Síndico de la Casa de Refugio. 
Desde 1872 fue profesor de humanidades en el Seminario de Valparaíso y desde 1880 capellán de la cárcel del puerto. En 1883 regresó a la capital, donde se dedicó a la enseñanza en colegios y a la predicación. Desde 1891 hasta 1897 fue capellán del Externado del Sagrado Corazón. Murió el 12 de septiembre de 1901.
 Fue nombrado capellán castrense el 12 de noviembre 1879, para que sirviera en la Chacabuco, pero en definitiva se quedó de administrador y capellán del hospital de Iquique. Permaneció embarcado sólo 13 días y en total sirvió dos meses y medio.
Flores Zamorano, Onofre
Perteneció al clero del Arzobispado de Santiago. Hizo sus estudios en el Seminario de esta capital, y se ordenó de sacerdote el 18 de Octubre de 1874. Fue profesor del Seminario de Talca y en 1875 pasó al de Valparaíso, permaneciendo en esta ciudad hasta 1887, fecha de su nombramiento de párroco de Limache. En el ejercicio de su ministerio trabajó en un periódico, en el cual dio muestra de su habilidad  como escritor en prosa y verso. Fue capellán del Ejército Constitucional en la Revolución de 1891. En 1895 volvió a Valparaíso, donde ejerció libremente su ministerio hasta 1903. 
Este año fue nombrado Notario de la gobernación eclesiástica de ese puerto. En 1911  renunció a este cargo.  Desde 1906 se desempeñó como profesor del Seminario de San Rafael, puesto que mantuvo hasta su muerte el 15 de enero de 1918.
Su nombramiento como capellán castrense fue fechado el 23 de diciembre de 1879.  Se desempeñó en la Chacabuco y el Loa. El Capellán Mayor Enrique Christie queriendo volver a Chile por motivos de salud, recomendó que en su reemplazo fuera nombrado el padre Flores, a quien consideraba “...bastante más competente que yo”.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Luego que los capellanes llegaban a algún puerto del Norte, eran destinados ya sea a los buques de la Armada, a hospitales o alguna de las divisiones del Ejército, y allí atender al personal de diferentes regimientos y batallones. Lo que está claro es que la actuación de los capellanes castrenses -y por ende de los capellanes de la Armada- durante la guerra fue beneficiosa para las tropas. El trabajo de los religiosos abarcó aspectos que fueron mucho más allá de su misión de capellanes. 
Ellos no sólo evangelizaron, misionaron, administraron sacramentos, sino también auxiliaron a enfermos y moribundos, consolaron, tranquilizaron y animaron a las tropas, fueron consejeros espirituales y, además “los capellanes del ejército rivalizaron durante la guerra en su celo apostólico y caritativo”.
La prensa testimonió esto al destacar “la noble conducta que observaron en el combate de Punta Angamos los capellanes de la escuadra, Sres. presbíteros Ortúzar y Christie que dieron elocuentes pruebas de serenidad, valor y patriotismo que llevaban al propio tiempo que arengaban a nuestros marinos con piadosas y varoniles palabras, los auxilios de nuestra santa religión a los que caían heridos.
Los distinguidos sacerdotes que desempeñan las funciones de capellanes en nuestros blindados dieron admirables pruebas de serenidad y patriotismo en el combate de Punta Angamos. Poco antes de comenzar la lucha, los Sres. presbíteros dirigieron la palabra a la tripulación, excitándola para que supiese sostener, como siempre, a la altura de la victoria, la bandera de la patria. 'A Dios rogando y con el hacha dando', fue la frase con que terminó la hermosa arenga el Sr. Ortúzar, capellán del Almirante Cochrane. Durante todo el combate, los Sres. sacerdotes ocuparon los puestos de mayor peligro, llevando los auxilios de la religión a los que caían heridos por la metralla enemiga. Terminado el combate y rendido ya el monitor peruano (Huáscar), fueron los capellanes los primeros que llegaron a su bordo, prestando toda clase de atenciones y cuidados a los infinitos heridos que, unos agonizantes y otros enloquecidos por el dolor, daban muestra de grande y terrible desesperación”.
El clima del Norte y el exceso de trabajo hicieron mella en muchos de los sacerdotes.  Esto tuvo como consecuencia que las enfermedades fueran comunes entre ellos, llevando a la tumba a los capellanes Enrique Christie, Juan Francisco Astete y José María Madariaga. 
En sus cartas dejaron testimonio del estado físico de los capellanes, las enfermedades que contraían y las licencias que varios  tuvieron que tomar para poder mejorar y volver a ejercer su ministerio sacerdotal.
Por el mal estado de salud el padre Carlos Cruzat también se vio forzado a regresar.  Finalmente el capellán Christie, el 5 de abril de 1881, se quejaba “que muy bien vendrían algunos cuatro capellanes de Ejército que vengan a relevarnos; pues ya estamos gastados y fatigados...”.
Con estas notas cerramos este breve estudio sobre los capellanes de la Armada que ejercieron su ministerio durante la Guerra del Pacífico.