Médicos en la Guerra

 Dentro de los capítulos de la medicina chilena, que se han estudiado en forma muy somera, están los que atañen a los médicos que participaron en las guerras contra la Confederación Perú-Boliviana, la guerra de la Independencia y la Revolución del ’91, en los cuales –según datos biográficos entregados por sus participantes- su actuación fue valiosísima. En ocasiones, incluso, actuaron directamente en los hechos de armas, cuando faltaba personal en el fragor de la batalla. 

 

La Guerra del Pacífico fue el conflicto bélico más largo y cruento que debieron enfrentar las armas chilenas durante el siglo XIX. Se desarrolló entre 1879 y 1884, durante los gobiernos de Aníbal Pinto Garmendia y Domingo Santa María González. 

 

Se caracterizó por ser la guerra de las improvisaciones, de los pequeños ejércitos, de las grandes distancias y de los largos plazos. Su origen se puede explicar de diferentes maneras, pero está claro que el principal motivo fue la controversia limítrofe y las rivalidades no zanjadas con Perú y Bolivia en torno a la riqueza salitrera. 

 

Ambos países tenían desde 1873 un tratado secreto de asistencia militar. En base a éste, el general Hilarión Daza, presidente de Bolivia, procedió a hostigar los intereses económicos chilenos en la zona de Antofagasta, donde eran mayoritarios tanto en capitales como en mano de obra. De los gravámenes impuestos se pasó a la expropiación, violando abiertamente los compromisos diplomáticos adquiridos anteriormente. 

 

Frente a esta situación, Chile replicó ocupando militarmente Antofagasta y ante la existencia del tratado Peruano-Boliviano, declaró la guerra a ambos países el 5 de abril de 1879. 

 

 

Dr. Pedro Regalado Videla

A diferencia de los conflictos anteriores, la Armada contaba para entonces con una Escuadra permanente, con una preparación humana y logística en condiciones de enfrentar al adversario. Dos blindados, Cochrane y Blanco, habían sido adquiridos recientemente en Gran Bretaña junto con la cañonera Magallanes. A ellos se sumaban las corbetas O’Higgins y Chacabuco, Esmeralda, Covadonga y Abtao. Por su parte, el Servicio de Sanidad Naval era el único de su tipo dentro de las Fuerzas Armadas. 

 

En cuanto se advirtió que la Guerra era inminente, los pocos alumnos de último año de la carrera de medicina que se encontraban en Santiago, por el período de vacaciones, convocaron a una reunión para tomar acuerdos respecto a ofrecer servicios al Ejército y la Armada. 

 

La reunión de la Facultad de Medicina tuvo una asistencia extraordinaria de profesores, médicos, farmacéuticos y estudiantes llenos de fervor patriótico, que querían ver la manera de ofrecer sus servicios médicos –inspirados en los modelos de las clínicas alemanas, francesas e inglesas- al gobierno en el conflicto con Bolivia. 

 

En al Combate Naval de Iquique se destacaron tres médicos: en la Covadonga, Pedro regalado Videla y en la Esmeralda Francisco Cornelio Guzmán y Germán Segura González. 

 

Pedro Regalado Videla realizó sus estudios primarios en La Serena. En 1871 se dirigió a Santiago para rendir sus exámenes de bachiller en filosofía y humanidades en la Universidad de Chile, luego de lo cual ingresó inmediatamente a la Escuela de Medicina. 

 

En 1879 había terminado sus estudios presentando su memoria sobre la rabia, donde describía varios casos clínicos y cómo el practicante de Andacollo, su ciudad natal, había atenuado los síntomas de un par de personas que la padecían mediante una infusión de una hierba llamada chamico. 

 

Nueve días antes de recibir el título de médico cirujano estalló la Guerra del Pacífico, postergando su nombramiento para enrolarse en la Armada y cubrir dotación en algún buque. Fue destinado como Cirujano Primero en la goleta Covadonga, donde se dio cuenta del incipiente servicio médico que existía en la Marina, que disponía de muy pocos medios para realizar una tarea de manera profesional. 

 

El 21 de mayo de 1879, el cirujano Videla se encontraba en la cubierta observando el acercamiento de los buques enemigos. Al ver que su trabajo comenzaría pronto, decidió bajar al entrepuente, lugar donde se encontraba instalada la enfermería de combate. Mientras descendía la escotilla un proyectil atravesó el frágil casco de banda a banda y que, a su paso, cercenó ambos pies del médico e hirió levemente al personal que pasaba municiones. 

 

Uno de los tripulantes de la Covadonga recordó que el doctor “cayó sobre una escotilla de la bodega siendo conducido a la enfermería y de ahí al camarote”. No pudo ser atendido adecuadamente, ya que faltaba otro profesional. Intentó dar instrucciones para tratar de detener la hemorragia, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. 

 

Pese a su intenso dolor y agotamiento, se mantuvo atento a lo que ocurría en cubierta y pedía constantemente informaciones sobre el combate que se libraba con la Independencia, nave enemiga que fue varada gracias a la hábil maniobra del comandante Carlos Condell. 

 

A las siete de la tarde falleció. Lo hizo “feliz, porque la causa de Chile sigue incólume en manos de chilenos que al igual que yo están dispuestos a morir en defensa de la Patria”, señalaba antes de morir. 

 

Francisco Cornelio Guzmán, cursó sus estudios en el Instituto Nacional y, más tarde, ingresó a la Escuela de Medicina, titulándose de médico cirujano en 1879. Cuando estalló la Guerra del Pacífico se embarcó en la corbeta Abtao. Sin embargo, debido a los diversos cambios en las destinaciones, fue trasbordado a la Esmeralda al mando del capitán Arturo Prat Chacón. 

 

El 21 de mayo de 1879, mientras la Esmeralda combatía desesperadamente con el monitor Huáscar, el doctor Guzmán se dedicó a la atención de los heridos que eran trasladados al entrepuente que, a esas alturas, se había convertido en la enfermería de campaña. “La sección de sanidad estaba instalada en la cámara de guardiamarinas y la formaban el contador señor Goñi; el ayudante del cirujano señor Germán Segura; el despensero; el maestre de víveres; el practicante y el boticario”, señalaba Guzmán 17 años después de la memorable hazaña. 

 

La tarea del cirujano Guzmán, su ayudante Germán Segura y del resto del personal de enfermería sobrepasó prontamente los medios con que se contaban. Los estragos producidos por la artillería y los espolonazos del Huáscar inundaron la cámara de guardiamarinas con heridos de diversa gravedad. 

 

Los primeros accidentados que llegaron para ser atendidos lo fueron por “metrallas lanzadas por el enemigo desde tierra. Todos gravísimos, pues los cascos de las granadas les habían penetrado en el cráneo, en el tórax o en los miembros. Más tarde, llegaron los heridos por los cañones de a 300 del Huáscar. En ese caso las mutilaciones eran enormes y no había vendaje posible y eran tantos que no había camas suficientes”, declaraba el cirujano. 

 

Con el pasar de las horas los afectados sobrepasaban la centena. Luego del primer ataque de espolón el médico no sabía cómo explicar el desastre que se había producido, más aún por el rumor que circulaba en el entrepuente y que se confirmó más tarde: “el comandante Prat ha muerto, el teniente Uribe ocupa su puesto”. 

 

En la cubierta había muchos lesionados graves que no era posible trasportar a un lugar más seguro por falta de gente. “Aquello era un infierno donde faltaba la luz y el aire estaba enrarecido por el olor a la pólvora. En medio de aquel enorme desconcierto, ayudado por el cirujano Segura, apenas podía dedicarme a contener las hemorragias y a curar a los que ofrecían alguna esperanza de salvar con vida. A los otros, es decir, a los que no tenían salvación, los ayudábamos a bien morir”, recordaba Guzmán. 

 

El segundo espolonazo fue un choque formidable que tumbó la corbeta sobre el costado de babor. Fue ahí cuando gran parte de la tripulación comprendió que el naufragio se acercaba. El cirujano Guzmán subió por la escala de oficiales a la cubierta donde los cadáveres y la sangre se mezclaban con el agua que corría y se movía con cada vaivén del buque. 

 

En fracción de minutos, quienes permanecían en la cubierta observaron cómo el enemigo se dirigía a toda máquina hacia ellos, disparando sus cañones. Para el médico de la Esmeralda esa última movida hizo que el buque se partiera por la mitad. Luego una ola inmensa los cubrió y sumergió. El cirujano nadó “con el intento de llegar a la superficie y de salir de la oscuridad”. Miró a su alrededor y vio que varias cabezas emergían al mismo tiempo. 

 

El cirujano Cornelio Guzmán se salvó del naufragio junto a su ayudante, el doctor Germán Segura González, quien en su labor diaria a bordo de la Esmeralda se transformó en la mano derecha de Guzmán. La tripulación del Huáscar los rescató del mar y los subió a bordo, donde vieron tendido en la cubierta el cadáver de su comandante Arturo Prat, quien tenía una profunda herida por arma en la parte más alta de su frente. 

 

Siendo prisioneros en el barco enemigo se les negó la posibilidad de atender a los heridos chilenos cautivos. Después de la captura de la cañonera peruana Pilcomayo por los chilenos, se acordó un protocolo de canje de prisioneros peruanos y chilenos. 

 

Una vez retornados, el cirujano Cornelio Guzmán cumplió varias misiones de Estudio en Europa y se transformó en el primer médico que obtuvo el título de profesor Extraordinario de Cirugía en la Universidad de Chile y fue uno de los principales colaboradores que ayudaron a controlar la epidemia de cólera desatada en la provincia de Aconcagua en 1886. 

 

El doctor Germán Segura, luego de la campaña, se dedicó al ejercicio profesional en Linares, donde fue presidente de la Sociedad de Veteranos de la Guerra del ’79. 

 

Los restos de estos tres médicos descansan en la Cripta de los Héroes en la Plaza Sotomayor de Valparaíso. De los 16 oficiales de la Esmeralda, sobrevivieron nueve y de los 199 hombres que conformaban la tripulación fueron recogidos 44 y murieron 145, todos horriblemente mutilados.